Los baches del camino

Foto: Alex Proimos(Licensed Under Creative Commons)
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Solemos quejarnos de los demás. Decimos que nos hacen la vida imposible. Mi pareja me reclama continuamente y me pide que sea perfecto. Mis padres están todo el día encima, tratando de presionarme. Mi jefe se extralimita en sus exigencias, me pide demasiadas cosas que yo no tendría que hacer. Mis amigos tensan demasiado la cuerda y se pasan en sus pretensiones, parece que tengo que resolverles yo la vida.

Por otro lado nos quejamos también de las personas que creemos que nos hacen daño. Un compañero de trabajo no me habla y parece que siempre está enojado conmigo. Un hermano parece que está todo el día buscando pelea, si no es una cosa es otra, pero al final acabamos enfadados. Un compañero de mi equipo de futbol amateur siempre me está echando puyas, tratando de que salte o de que le de un golpe. La secretaria de mi jefe me trata como si fuera basura, ni siquiera me mira a la cara.

¡Qué suerte tienes de que haya personas así a tu alrededor! Te va a parecer sorprendente lo que te voy a decir: gracias a ellos tú creces como persona.

Agradece a los demás lo que hacen para tu transformación. ¿Qué ocurriría si no hubiera baches en tu camino, si la vida fuera perfecta, si todo te saliera bien, si no tuvieras choques con otras personas? ¿Qué pasaría si tus padres o tu pareja no te presionaran o si tus amigos no te exigieran más de lo que les puedes dar? ¿Cómo sería tu vida si no te encontraras con personas que se bloquean contigo, que no te aceptan como eres o que tratan de desafiarte?

Si eres como eres, si estás creciendo como persona, es porque has encontrado todas esas dificultades en tu camino, porque hay personas cerca de ti con esas características, que te sacan de quicio, que te hacen sentirte mal, que te exigen demasiado.

Haces músculo cuando utilizas tus brazos o tus piernas. Tienes más inteligencia cuando tienes problemas difíciles de resolver. Las dificultades, los conflictos, los peligros, nos hacen fuertes.

La próxima vez que tu hermano te desafíe o que tus padres te presionen, aprovecha esa situación para aprender sobre ti mismo. No les eches la culpa a los demás. Aprende sobre ti mismo. Todo lo que te sucede es una buena oportunidad para crecer. Crecemos como personas cuando aceptamos nuevos desafíos, cuando aprendemos de la experiencia, cuando somos capaces de aceptar nuevas responsabilidades.

¡Qué suerte tienes de que haya personas así a tu alrededor!

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Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia, Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
– miedo a estar solo fuera de casa, a mezclarte con mucha gente, a hacer cola, a pasar por encima de un puente, por debajo de un túnel, subir a un ascensor, montarte en un avión, etc.
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La olla a presión: la ira

Foto: Strick(LCC)
Foto: Strick(LCC)

La cólera y la ira son sentimientos que aunque propios de todo ser humano pueden dejar de ser meras manifestaciones espontáneas casuales y convertirse en el factor determinante de nuestras vidas.

Las personas coléricas son verdaderos enfermos sometidos a las exigencias de su propia rabia.

Si algo define la cólera es precisamente que se trata como de una especie de olla a presión que se pone al fuego. Cuando está suficientemente caliente es realmente difícil de controlar. El individuo deja de controlar su ira y es ella quien pasa a controlar al individuo.

La ira llega a modelar de tal manera nuestra personalidad que llegamos a definirnos como “personas coléricas”, cualquier motivo es suficiente para calentar los ánimos y que estallen.

Podemos definir una serie de pasos que suelen seguir estas personas coléricas.

Todo comienza por enfado generalizado con todo, con la vida en general, con una desaprobación global de cualquier cosa, nada es lo suficientemente bueno para nosotros. Es una ira encubierta que cualquier chispa hará explotar. Se busca cualquier tipo de excusa para provocar a los demás y comenzar la escalada de violencia. “¡Ay! ¡Cuanto lo siento! ¡No me había fijado!” El iracundo gruñe en voz baja sin que se entienda lo que dice. En realidad esto importa poco. Lo verdaderamente importante es que lo demás noten que está de mal humor.

El siguiente paso es echar la culpa a los demás, despreciarlos, descalificarlos de tal manera que el otro se sienta mal aunque sin darle demasiados detalles de qué es lo que nos desagrada en concreto.

Más tarde se continúa por los gritos y los malos modos: dar golpes a las cosas, portazos, insultos. Se intenta que el otro se sienta amenazado. En esto no nos diferenciamos demasiado del resto de los animales que antes de la pelea intentan atemorizar al contrincante a base de gruñidos y zarpazos al aire para demostrar su fiereza.

Esta escalada demuestra una pérdida total de autocontrol. El colérico no es consciente – ¿o sí lo es?- de que comienza la verdadera escalada de violencia. Se trata de culpar a los demás, de humillarlos. Se les amenaza con emplear la violencia física, incluso se le empuja o se les agarra por las solapas o las muñecas. Se invade el espacio físico del otro, que note la proximidad de nuestra presencia.

Una vez rota “la distancia de seguridad” cualquier cosa puede pasar ya. De un simple empujón podemos pasar a una bofetada, a un puñetazo, a una patada, a una pelea en toda regla e incluso a una cuchillada o un disparo. Todo es posible cuando se desata el monstruo de la violencia incontrolada. El límite es difícil de precisar.

Los juzgados están llenos de casos todos los días. “Yo no quería pero él me empujó y…”
“Mi intención no era golpearle tan fuerte, pero perdí los estribos…” “No sé cómo ocurrió. No fui consciente de lo que hice…” “Para cuando quise reaccionar ya era demasiado tarde. No pude evitarlo.”

La violencia no es en absoluto algo que podamos dominar una vez que se desata, por eso es peligroso acercarnos demasiado a ella. Una cosa es sentir la rabia y otra muy diferente que la rabia se convierta en conductas destructivas. Podemos sentir, pero mi mano o mi lengua no se mueve si yo no quiero.

El colérico pasa demasiado tiempo cerca de la ira incontrolada como para pretender dominarla. En un momento de obcecación podemos perder todo lo que amamos y sentirlo para el resto de nuestros días.

Además la rabia es como un deporte: se entrena. Cuantas más veces experimentemos esta escalada, más entrenados estaremos y más fácil será para nosotros traspasar la barrera y perder el control.

Nuestro principal objetivo debe ser cambiar nuestra actitud en su raíz.

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Stop a la Agorafobia

Ricardo Ros – Stop a la Agorafobia, Segunda Edición

¿Qué es la agorafobia?
– ansiedad cuando te encuentras en lugares o situaciones en los que es difícil escapar si ocurre algo (o te resulta embarazoso).
– miedo a tener una Crisis de Pánico y crees que no vas a tener posibilidad de recibir ayuda.
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Crítica positiva y negativa

Foto: Sudhamshu Hebbar(Licensed Under Creative Commons)
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Existen muchas personas a las que les cuesta diferenciar entre crítica y retroalimentación.
No sólo no aceptan las aportaciones de los demás, sino que tampoco aceptan que los demás puedan realizar cualquier valoración sobre sus desempeños.

Solemos decir: “mi crítica es positiva, es para que te superes, para que mejores”, en contraposición a la crítica negativa, la que realizamos para hacer daño a la otra persona. Sin embargo, la crítica positiva también recibe el nombre de feedback o retroalimentación.

¿En qué se diferencian la crítica positiva de la negativa?

La crítica negativa se dirige a la persona, a la identidad de la persona, mientras que la retroalimentación va dirigida a la conducta o el comportamiento. No es lo mismo decir “eres tonto”, que decir “has hecho una tontería”. En el primer caso implicamos a toda la persona, mientras que en el segundo caso estamos hablando de una conducta determinada.

La crítica negativa busca culpabilizar, mientras que el feedback quiere encontrar soluciones. No es lo mismo decir “arrepiéntete de lo que has hecho, de las consecuencias de tus actos”, que decir “qué puedes aprender de tu error, cómo puedes hacerlo mejor la próxima vez”

La crítica negativa es general, mientras que la retroalimentación es concreta, específica. La crítica negativa utiliza generalizaciones (“lo has hecho todo mal”), mientras que el feedback es muy específico (“eso en concreto que has hecho no me ha gustado”)

La crítica negativa se centra en el pasado, mientras que la crítica positiva se centra en el futuro. No importa lo que pasó, lo que nos importa es cómo nos va a servir esto en el futuro.

Las críticas negativas no sólo se realizan de una persona a otra. También hacemos críticas negativas dentro de nosotros mismos. El diálogo interno negativo, sumamente crítico, puede bloquear a muchas personas, al igual que puede motivarlo, si es positivo.

La mejor manera de realizar siempre críticas positivas consiste en hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo puedo ayudarle a esa persona (o cómo me puedo ayudarme a mi mismo) a mejorar lo que se ha hecho hasta ahora?

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Stop a la Agorafobia

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Dar y recibir

Foto: B .Y(Licensed Under Creative Commons)
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Uno de los castigos más empleados con los reos rebeldes, es el del aislamiento. Esto es así porque los seres humanos somos seres relacionales. La falta de comunicación con otras personas nos hace sufrir, somos seres nacidos para vivir en sociedad y en constante relación.

Aunque también es cierto que todos necesitamos nuestro espacio, tanto temporal como físico.

Aunque cada vez se van mejorando los medios de comunicación y relación, la soledad es uno de los males más marcados que tenemos en la sociedad actual.

Este mal que va en aumento, puede llegar a ser un mal insoportable para todo aquel que lo sufra en sus propias carnes de una forma muy marcada y repetida.

Se crea un juego en el que necesitamos relacionarnos y entrar en contacto con otras personas, pero al mismo tiempo, en lugares atestados de gente necesitamos mantener nuestro espacio vital libre de ocupaciones, necesitamos cierta distancia en la que sentirnos seguros y a salvo.

De este modo en espacios tales como cuando bajamos en un ascensor rodeados por otros tres vecinos, o cuando nos montamos en el autobús urbano o metro en plena hora punta, o simplemente cuando paseamos por la calle en la que nos chocamos con todo el mundo que va en dirección opuesta a la nuestra.

Es en estos espacios cerrados en los que se crean situaciones un tanto incómodas, sin conversación aparente y con un largo trayecto por delante, es donde entran en juego las facultades de cada uno.

Pero si hacemos dicho trayecto con un niño pequeño en brazos, un bonito ramo de flores en las manos, o llevamos a nuestro gatito entre los brazos, las defensas tienden a caer en picado, y las pequeñas conversaciones empiezan a fluir. Parece como si la gente rompiera esas murallas que los separa e hicieran un esfuerzo por salir de su aislamiento.

En la vida un simple detalle que a primera vista puede parecer insignificante, en el fondo cobra una importante relevancia. Esto son cosas tales como una sonrisa, un pequeño cumplido, un roce, etc.

Este tipo de cosas hacen que la relación entre el emisor y el receptor se acerque, que no sea algo totalmente frío y distante. Pero no solo basta con esto, las relaciones también se nutren de actos, actos que demuestren cierta atención hacia la otra persona.

Hay que desarrollar la capacidad para dar, ya sea una sonrisa o una palmada en la espalda, no solo en casa con la familia o con los amigos, sino también con el niño al que se le escapa la pelota, la mujer que nos sostiene la puerta al entrar en el portal, o el hombre que nos cede su sitio en el bus porque vamos cargados con bolsas de compra.

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Stop a la Agorafobia

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Patrones que se repiten y nos hacen infelices

Foto: Argent_G37S(Licensed Under Creative Commons)
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Marta es una chica estupenda. Es animada, emprendedora, inteligente, alegre, cariñosa e incluso guapa. Marta no tuvo suerte con su primer matrimonio.

Posiblemente eligió mal, solíamos comentar sus amigos, ya que él era un tipo siniestro, triste, manipulador, egoísta. Evidentemente no estaba ni por asomo a la altura de Marta. Qué vio en aquel sujeto todavía es un misterio para todos nosotros.

Afortunadamente Marta, no sin esfuerzo, consiguió salir de aquella relación tan destructiva y que nada aportaba a una persona tan vital como ella.

Todos respiramos al fin, pero nuestro gozo duró poco.

Hace menos de un año conoció a otro tipo, Juan, un antiguo profesor de instituto ya retirado y con una catadura muy parecida a la de su anterior marido. Cayó perdidamente enamorada de él y pronto se fueron a vivir juntos.

Como todos anticipábamos las cosas pronto comenzaron a ir por los mismos derroteros que su anterior matrimonio. Incluso sospechamos, aunque todavía es pronto para decirlo, que él la maltrata… físicamente. Aunque cuando se lo insinuamos, ella lo niega.

La historia de Marta es una historia particular, pero todos conocemos historias parecidas, con puntos comunes a esta. Son historias de gente normal, incluso brillantes en algunos aspectos, y que solemos decir que no han tenido suerte…

Sin embargo, muchas de estas historias nos hacen reflexionar sobre si no es del todo casualidad que las personas establezcamos con otras relaciones destructivas y viciadas desde un principio y que además podamos volver a recaer en ellas.

A pesar de su aparente “normalidad” Marta no aprendió de una experiencia negativa, de su primer matrimonio, y aunque tuvo suficientes fuerzas para saber salir de ella, la nueva relación que estableció se cimentó en los mismos principios erróneos.

Posiblemente podamos pensar que si Marta tiene la suficiente fuerza para cortar con su actual relación y rehacer su vida de nuevo, si no corrige esos principios erróneos, pueda volver a caer en los brazos de un tipo tan frío y egoísta como sus anteriores parejas.

La historia de Marta es una historia típica de cómo la personalidad es trastornada por algunos patrones de pensamiento autodestructivos que conducen a las personas a la infelicidad.

Las personas llegan a establecer como normales situaciones que no lo son. “Yo siempre he sido así”, suelen decir. “Mis relaciones con los hombres siempre han sido así”, podría decir Marta.

Acostumbramos a reproducir los mismos patrones de conducta y de pensamiento sin plantearnos muchas veces si estos son los más adecuados, los más sanos para nosotros y para los que nos rodean.

Freud ya lo denominaba como “compulsiones de repetición”. Una hija de un matrimonio de alcohólicos que ha sido maltratada en su infancia crece y se casa con un alcohólico que le seguirá maltratando. A su vez, ella maltratará sus hijos.

Tendemos a repetir las conductas que hemos heredado de manera negativa, reproduciendo en nuestras vidas los errores de nuestros mayores.

Aprender a cuestionarnos esas actitudes viciadas no es una labor fácil, pero afortunadamente tenemos toda una vida por delante para equivocarnos y volver a rectificar.

Aprender a salir de este tipo de patrones no es una tarea fácil. Vemos estas situaciones como “algo normal”, son patrones profundamente vertebrados en nuestra propia personalidad.

Aunque se traten de comportamientos profundamente aferrados en nuestras vidas si contamos con nuestra fuerza de voluntad lograremos cambiarlos con éxito. Cambiar de enfoque, estar abiertos a establecer nuevos puntos de vista sobre las cosas nos ayudará en gran medida en nuestra labor.

Debemos estar a atentos a nuestro propio cuerpo, a nuestros sentimientos. Ellos nos indicarán cuando nuestra dirección es la adecuada.

Cuando hacemos lo que debemos nos sentimos bien, más sanos, más felices. Nuestro cuerpo y nuestra mente saben que lo que hemos hecho ha estado bien. Debemos hacer caso a nuestros propios sentimientos.

Descubrir nuestra propia felicidad es un proceso aparentemente sencillo pero no lo es tanto. Mucha gente se muere sin descubrirlo, frustrados y amargados, enfrascados en actitudes, “compulsiones de repetición”, sin ningún tipo de posibilidad de salir de ellas.

La mayoría de las personas no saben realmente lo que les gusta hacer, lo que realmente les hace sentirse bien y felices. Quererse a uno mismo es el principio básico para cualquier cambio en el terreno de la construcción de la personalidad. Quererse a uno mismo es saber lo que se quiere hacer con la propia vida, que tipo de relaciones se quieren establecer con los demás y que grado de autonomía queremos mantener con respecto a ellos, cual va a ser el grado de compromiso social que se está dispuesto a asumir.

En resumidas cuentas se trata de establecer cuáles van a ser los principios básicos que van a regir nuestra vidas, cuáles van a ser las prioridades que se van a implantar (los valores).

Todo esto sin olvidarnos de lo importante que es contar con la ayuda de un buen profesional que nos ayude a salir de esos círculos viciados en los que nos vemos envueltos.

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Stop a la Agorafobia

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