La rata de laboratorio que buscaba la felicidad 
Lograr la felicidad es un objetivo de todos los seres humanos. Pero ¿qué es la felicidad? ¿Es posible conseguir la felicidad?

Se ha convertido ya en un tópico decir que la felicidad no está en las cosas materiales, que no está en el tener, sino en el ser. Mientras la publicidad nos vende la felicidad como algo material que se puede comprar con dinero

(“el amor de nuestros hijos no se puede conseguir con dinero; para todo lo demás existe MasterCard”),

las religiones nos venden la felicidad, previo pago, como algo que sólo podremos alcanzar en otra vida

(“Jesús te ama, envía tu dinero para ofrenda y oración, aceptamos cheques, tarjetas de crédito y dinero en metálico”, cita textual de un programa de una Iglesia cristiana en TV),

y los políticos nos dicen que si les votamos, ellos harán que seamos felices

(“Yes, we can”).

En todos los casos, ellos son quienes nos dan el permiso o los medios para llegar a ser felices.

A lo largo de 30 años he visto pasar por mi consulta de psicología a miles de personas. Personas de todas las edades, de todas las religiones, de todas las ideologías. Cuando alguien acude a una consulta de un psicólogo es porque no es feliz, porque hay algo que le impide ser feliz. O tiene miedos, ansiedad, depresión, o tiene problemas con otras personas, problemas de pareja, con los hijos, con los compañeros de trabajo… En todos los casos son personas que no son felices.

¿En qué consiste el trabajo de un psicólogo? El trabajo de un psicólogo consiste en una sola cosa: hacer comprender a esas personas que la felicidad o la infelicidad está exclusivamente en sus propios pensamientos.

Me atrevo a decir lo siguiente:

Entre la felicidad y la infelicidad sólo media un pensamiento humano.

Muchas personas sufren y, generalmente, culpan a los demás. Son siempre los demás, las circunstancias o la suerte quienes influyen en su desgracia. Se sienten desgraciados porque siempre hay factores externos que les hacen sufrir. Es como si ellos no tuvieran ninguna responsabilidad de lo que le ocurre a su vida.



Emilio, un drogadicto con VIH, me decía que la sociedad lo había vuelto heroinómano. Sergio un hombre de 50 años que vive vagabundeando de ciudad en ciudad, echaba la culpa a su mujer. Nati, con cinco hijos de distintas parejas y en paro, responsabilizaba de su situación a sus padres.

Lo que determina la felicidad o la infelicidad de una persona está en cómo elabora sus pensamientos, no en lo que ocurre externamente. Todos los seres humanos tenemos problemas, todos. Los problemas no son los que determinan la felicidad o la infelicidad, sino en cómo elaboramos en nuestro pensamiento esos problemas.

Lo que marca la diferencia entre felicidad e infelicidad es lo que nos decimos a nosotros mismos en nuestro lenguaje materno, nuestros diálogos internos, codificados de forma positiva o negativa. Es lo que nos imaginamos o lo que tratamos de sentir, acercándonos o alejándonos de la realidad. Todo está en nuestra mente, en nuestro pensamiento.

¿Cuál es tu experiencia? ¿Podemos ser felices? ¿Eres feliz?


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Turnos rotatorios 
Eugenio Gonzalez, en el programa Miramos con lupa, de Canarias Radio, entrevista a Ricardo Ros sobre trabajar con turnos rotatorios.



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Los mejores huevos fritos del mundo, los que hace mi madre 
Marcos se despertó ese día con la sensación de que todo le estaba saliendo mal en la vida. Su amigo del alma, con el que había pasado la niñez y la adolescencia, era ahora el director de una importante sucursal bancaria. “Hemos ido a los mismos colegios, hemos vivido las mismas aventuras, hemos estudiado la misma carrera en la misma Universidad, tenemos las mismas amistades, y sin embargo él ha triunfado y yo sigo sin encontrar trabajo”

Marta es una Secretaria de Alta Dirección en una importante empresa del metal. Con la crisis, en una reducción de plantilla, la acaban de despedir. En la empresa había dos secretarias de alta dirección. La han despedido a ella, pero no a su compañera. Marta se queja de que haya sido ella la elegida, cuando cree que ella estaba más capacitada que su compañera y tenía más experiencia.

Pablo y Gregorio heredaron dos tiendas de comestibles. Sus padres las habían sacado adelante con gran esfuerzo, trabajando de sol a sol. Cuando se jubilaron, se repartieron las tiendas en vez de seguir juntos. La tienda de Pablo ha seguido prosperando, mientras que la tienda de Gregorio está a punto de cerrar. Gregorio se queja de la suerte de su hermano. “Si los dos sabemos lo mismo sobre comercio, vendemos los mismos productos con el mismo margen de beneficio, tratamos igual a los clientes, ¿por qué a mi hermano le va bien y a mi me va mal?

Es muy conocido el aforismo "Si haces lo que has hecho siempre, no llegarás más lejos de lo que siempre has llegado" Este aforismo es cierto en el plano individual, ¿pero qué ocurre cuando nos relacionamos con otros? Muchas personas no comprenden cómo otras personas triunfan, sacan adelante sus negocios, consiguen la felicidad personal o convierten sus sueños en realidad, cuando ellos también se esfuerzan, trabajan y luchan para sacar las cosas adelante.



Todos sabemos hacer huevos fritos. Tanto mi madre como yo ponemos el aceite a calentar, ponemos un ajo para que el aceite se queme, echamos el huevo, con una cuchara vamos vertiendo el aceite sobre el huevo, etc. ¿Por qué mi madre hace unos huevos fritos espectaculares y los míos son normalitos? Porque mi madre hace algo diferente. Utilizamos estrategias diferentes.

Cada vez que veas a alguien más exitoso que tú, piensa que está haciendo algo distinto a lo que tú estás haciendo. Si hicierais lo mismo, el resultado sería el mismo. Si la otra persona triunfa es porque está usando estrategias diferentes a las tuyas.

Gregorio piensa que está haciendo lo mismo que su hermano Pablo, pero en realidad están usando estrategias diferentes. Ocurre lo mismo con Marta y con Marcos, están convencidos de que ellos hacen lo mismo, pero no es así. Pequeñas diferencias en las estrategias producen resultados muy diferentes.

¿Cuál es tu experiencia?


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Tropezar dos veces en la misma piedra 
Aunque nos gusta pensar lo contrario, el ser humano es completamente irracional: razona a través de metáforas, de analogías, de cuentos, de historias. Como hemos visto en las anteriores reflexiones, necesita encontrar significados, necesita triunfar y sobresalir por encima de la media, necesita seguridad y libertad de elección. Sin embargo, en la práctica, se comporta como un niño pequeño, acurrucándose bajo aquello que domina y que le da certidumbre. Nos metemos bajo las sábanas y cerramos los ojos cuando se apaga la luz.

Ahora bien, lo que nos convierte en seres racionales es la capacidad de mantener dos ideas contrapuestas al mismo tiempo en la mente y conservar, a pesar de ello, la capacidad para pasar a la acción. Esto es fácil de comprender: si tuviéramos la posibilidad de acceder a un solo pensamiento seríamos seres completamente limitados, restringidos a una sola opción. Cuando existe un único camino no existe libertad y la libertad es lo que nos convierte en seres humanos. Podemos pensar dos cosas al mismo tiempo, incluso cosas contradictorias, y seguir al mismo tiempo teniendo la posibilidad de pasar a la acción. Ideas contrapuestas no nos bloquean.

Pero, por otro lado, la mente humana funciona por analogías. El cerebro se pregunta qué conoce que sea parecido o igual a la situación que se le presenta. También se puede preguntar qué es diferente. Una analogía es una comparación. ¿En qué se parece o en qué se diferencia una cosa de la otra? Una analogía trata de crear relaciones entre los atributos de algo y nuestra propia experiencia. A eso se le llama búsqueda transderivacional.

La búsqueda transderivacional consiste en el mecanismo que hace que una persona asocie a escala inconsciente dos ideas diferentes. Es lo que hace que las metáforas funcionen. Si se le dice a alguien la frase "la orden se abrogó", la búsqueda transderivacional hará que esa persona inicie en su interior una búsqueda que le dé significado a la frase.

En una situación determinada reaccionamos de una manera concreta. Esa manera de reaccionar la experimentamos la primera vez que estuvimos en una situación similar y la aprendimos en aquel momento. El hecho de retenerlas en nuestra memoria nos permite tener un amplio conjunto de reacciones a las que acudimos ante situaciones determinadas; acudimos a la situación similar que vivimos en el pasado, vemos como reaccionamos entonces y en la situación presente reaccionamos como en aquella ocasión. A pesar de que la búsqueda transderivacional nos obliga a generalizar las experiencias y es la base del aprendizaje, por otro lado eso nos lleva a tener muy pocas opciones disponibles, a tener una gama limitada de soluciones para resolver un problema, a poseer un grupo extremadamente limitado de modelos adecuados. Las analogías nos hacen centrarnos en muy pocas variables. Una vez que hemos tenido una respuesta, volvemos a utilizar el mismo recurso una y otra vez ante situaciones que nuestro cerebro interpreta como similares.



Generalmente las analogías funcionan de dos en dos. Sin embargo, nuestro cerebro puede procesar múltiples opciones, no sólo dos. Esa es la diferencia entre usar o no usar la inteligencia. Digamos que nuestro programa básico utiliza dos opciones y que el programa avanzado puede utilizar múltiples opciones.

El hecho de que el cerebro del hombre tenga la particularidad funcional de no establecer diferencias cualitativas entre experiencias reales y experiencias construidas en la mente puede ayudar a acceder a ese potencial latente.

Plantear alternativas es salirse de lo establecido. Los grandes cocineros se plantean mezclas de ingredientes aparentemente incompatibles. ¿Cómo sería si mezclara fresas con tomates, lo horneara y le diera un toque de vodka?

¿Cuál es tu experiencia?


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El humano que se volvió chimpancé 
Una mañana te despiertas a las cinco sobresaltado. En tu cabeza bulle una idea genial. ¡Cómo no se te había ocurrido antes! Es algo maravilloso que te va a permitir avanzar en tu negocio. La idea es tan simple, que da risa.

Ya no puedes volver a dormirte, o sea que te levantas y apuntas en un papel tu genialidad. Empiezas a trabajar en tu idea. Después de muchas semanas de trabajo, la idea empieza a ser realidad, se convierte en un producto que ya puedes comercializar. Lo tienes todo preparado, la financiación, la publicidad, el marketing, los canales de distribución. Está todo perfecto.

Y el producto o el servicio sale a la calle. Parece mentira que no se le haya ocurrido a nadie antes. Empiezas a vender. Después de varios intentos fallidos y de unos cuantos cambios, tu producto te lo quitan de las manos. Pero al poco tiempo te das cuenta de que ya te lo han copiado. Otras empresas con más medios se están haciendo con el mercado. Horror, piensas, ¡para esto ha servido todo mi trabajo!

Las ideas sencillas son las más fáciles de copiar. Las ideas que necesitan poca financiación son las más imitables. Conozco empresas que se dedican exclusivamente a estudiar cómo se pueden saltar legalmente las patentes ajenas. A ti te han pillado. Te desesperas, protestas. Nada sirve.

Se instala una franquicia que tiene éxito e inmediatamente aparecen quince franquicias que ofrecen lo mismo. Se publica un libro que vende, y seguidamente se publican cien libros con la misma temática. Alguien imparte un curso que triunfa y a continuación doscientos cursos invaden el mercado incluso con el mismo título. Si algo sabemos hacer los seres humanos es copiar, somos imitadores natos. Para imitar no hace falta usar la inteligencia. Los loros son unos magníficos imitadores. Los chimpancés también.



¿Qué es lo inteligente? ¿Cómo salir de esa situación? Trabajando más, aportando algo más, ofreciendo algo que los demás no puedan dar. ¿Qué puedes hacer que los loros o los chimpancés no puedan imitar?

Pasa lo mismo en tu vida de pareja, en la relación con tus hijos, con tus amigos, con tus compañeros de trabajo. ¿Qué plus les puedes aportar cada día? ¿En qué consiste ese "poquito más" que hace que lo que tú das sea diferente? ¿Qué "poquito más" te ofreces a ti mismo cada día?

Un poquito más. Esa es la clave. Eso es lo inteligente.

¿Qué opinas?

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